La obra de teatro “Fences” llega a la gran pantalla con Denzel Washington delante y detrás de las cámaras y con una maravillosa Viola Davis.


Este comienzo de año me ha dado más de una sorpresa cinematográfica, primero “Moonlight” y ahora “Fences”, dos películas de las que no esperaba gran cosa y que han conseguido sorprenderme muy gratamente, tanto en guión y dirección como en el apartado interpretativo. Con “Fences” básicamente nos encontramos una pequeña obra de teatro, de hecho, en el 2010, en un evento de 13 semanas, Denzel Washington (Troy Maxson) y Viola Davis (Rose) se pusieron a las ordenes del director Kenny Leon en el Cort Theatre de Nueva York dando vida a esta obra.

Ahora, 6 años más tarde, nos llega la película, aunque a diferencia de la obra, en esta ocasión es el propio Denzel Washington el que se ha puesto tras las cámaras. La historia se situada en Pittsburgh en los años 50, donde un ex jugador de béisbol, que ahora trabaja como recolector de residuos, lucha por mantener a su familia. Durante las dos horas y diez minutos de duración de la película veremos como el núcleo familiar se tambalea e intenta no derribar las paredes de su hogar. Pero no es tarea facil.

Durante estas semanas he leído y escuchado que es una pena que la película mantenga una estructura tan teatral, pero yo no lo veo como algo negativo, para nada. Los diálogos y los personajes fluyen sin parar con unas interpretaciones de lo más solidas y desgarradoras. Viola Davis se come la pantalla con cada una de sus miradas, sonrisas o lagrimas, para mí ella es la absoluta estrella de la película. Pero no por ello desmerezco el trabajo de Denzel.

Tengo que se sincero, nunca he logrado conectar con ninguno de los personajes de Denzel, siempre me ha parecido un actor falto de carisma, de humanidad. Sus personajes siempre me han parecido personajes, pero en “Fences” ha logrado derribar la barrera, por lo menos para mi. Únicamente con los dos primeros minutos de película y las más de 200 palabras que suelta el actor a la velocidad de la luz, logra quitarse la careta de Denzel y meterse en la piel de Troy, un hombre que pese a vivir en un mundo gobernado por los blancos, intentará subir escalones para no quedarse al pie de la pirámide, pero sin pasarse.

Viola… ¿Cómo no amar a esta mujer? Creo que es una de las pocas actrices que logra desgarrar con sus lagrimas, que logra transmitir desesperación, enfado, culpa, odio… con cada una de las lagrimas que lanza en pantalla. Cuando una actriz es capaz de llorar y que sus lagrimas, mocos y saliva (o baba) se mezcle en pantalla, esto, esto es ARTE.

Una película recomendable, no es ligera y tendréis que prestar atención para no perderos en los eternos diálogos de los personajes, pero merece la pena. Actuaciones de diez.

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